JORGE VILLENA CABO.- Mucho antes de que Casillas levantara la Copa del Mundo en Sudáfrica e incluso de que se hiciera famosa la generación de Xavi en Nigeria en 1999, un grupo de adolescentes españoles fueron los mejores del mundo. Fue en Alemania, casi nadie recuerda que España ganó un Mundial en 1954.
“Fue una victoria sin concentraciones en hoteles lujosos, sin primas y sin el señuelo de traspasos fabulosos”. Así explicaba el cronista de ABC Lorenzo López Sancho lo que acababa de consumarse en el estadio Müngersdorf de Colonia: España acababa de ganar el Mundial Juvenil de la FIFA 1954 -embrión de lo que luego ha sido el Mundial Sub 20- empatando en la jornada final ante la todopoderosa Alemania. Sin ningún tipo de artificio, con escasísimo apoyo institucional y con la nula confianza de los dirigentes federativos, 18 jugadores al límite de la mayoría de edad lograron algo similar a lo que en 1999 consiguieron en Nigeria Iker Casillas, Xavi Hernández, Carlos Marchena y compañía.
Una historia inolvidable para todos sus protagonistas, que en la gran mayoría de los casos hicieron poca carrera en Primera División, y prácticamente olvidada en un mundo del fútbol que vive del aquí y el ahora. Poco del ayer y nunca del antes de ayer. Ante esa falta de memoria se impone una realidad: antes de que Casillas levantase una Copa del Mundo, lo hizo Olivella.
Antes de que Casillas levantase una Copa del Mundo, lo hizo Olivella
El Estadio Metropolitano de Madrid, en el que cada domingo dibujaban triangulaciones Collar o Ben Barek, es el punto de partida de esta historia. Allí se improvisó un torneo con los distintos combinados regionales en el que se seleccionaron, entre 300 chavales, a los 18 que debían representar al fútbol español en el Mundial Juvenil que la FIFA había creado. El organismo invitaba a las 18 mayores potencias del mundo, lo que permitía saltarse las tediosas fases previas y, de paso, confería de mayor glamour al torneo. Los mejores estaban allí, con la única ausencia de Brasil y Uruguay.
La enorme decepción que supuso la ausencia de España en el Mundial absoluto de Suiza -recuerden el famoso papelito que sacó en Roma el ‘bambino’ Franco Gemma-, había provocado un notable clima de desilusión en torno al equipo nacional que contagió a dirigentes y aficionados. No así a los jovencísimos jugadores que tomaron parte de la modesta concentración en el hotel Mora de Madrid. En pleno Paseo de Recoletos, los 18 chicos entablaron una amistad que aún perdura en aquellos que siguen vivos. Desde Cataluña llegaban Benito Joanet o Ferrán Olivella, desde Andalucía, Emilio Álvarez o Juan Malaver, desde Galicia, el cazagoles Carlos Santiago Cela, en Madrid se unía un extremo rápido como Antonio Martín… 18 adolescentes a los que nadie conocía y que ignoraban que un mes después serían recibidos hasta por el mismísimo Franco.
Se les encomendó la misión de hacer un papel digno que no ensuciase el nombre de la Selección Española a nivel internacional, con eso sería suficiente para volver con la conciencia tranquila a su vida normal. Tan poca era la confianza en estos chicos que se les facilitó dinero únicamente para la primera fase. Juan Allende, futbolista vasco que jugó en Primera con el Atlético de Madrid, recuerda que “la percepción en el grupo era que se viajaba para cubrir el expediente, pensaban que en la fase de grupos nos íbamos para casa, por lo que tuvimos que ir a la embajada española en Bonn a pedir dinero. En segunda ronda, tras ganar a Argentina, otra vez a pedir dinero”, recuerda.
El equipo recaló en Mannheim solo dos días antes del inicio del torneo tras un maratoniano viaje en tren vía París. Era una Alemania en plena reconstrucción tras la II Guerra Mundial, con cartas de racionamiento para la población y escasas facilidades para el forastero. “Entonces Alemania estaba derruida. En ciudades como Colonia vimos manzanas enteras arrasadas. Ese año ganaron el Mundial absoluto (con aquella victoria impensable en la final ante la poderosa Hungría de Puskas, Kocsis y Czibor sobre el barro) y necesitaban alegrías. Estaban muy preparados para el torneo, todo el mundo se volcó y las gradas estaban llenas”, apunta Allende.
Al equipo dirigido por Ramón Melcón, entrañable personaje que fue árbitro de Primera División entre 1928 y 1948, le tocó comer muchas patatas, el alimento central de esos años en un país que tenía por poner las bases de su desarrollo industrial posterior. Para tener acceso a huevos había que pedir vales al Estado.
Al equipo español le tocó comer muchas patatas, el alimento central de esos años
Pero no todo fueron penurias en Alemania. Lo deportivo fue sobre ruedas desde el primer día -España solventó la primera fase con triunfos ante Yugoslavia (2-0), Irlanda del Norte (3-1) y Portugal (1-0)- y el grupo se fue haciendo fuerte en una estancia con carencias, sí, pero con buena sintonía. Los chicos fueron tejiendo una amistad sólida como el hormigón en lo que fue una especie de viaje iniciático más si cabe en lo personal que en lo deportivo.
Ferrán Olivella estuvo 14 años en el primer equipo del FC Barcelona y levantó la Copa de Europa de 1964 tras el gol de Marcelino, pero antes fue capitán de esta selección juvenil. “La unión fue la clave de todo, éramos un grupo de chicos jóvenes que solo queríamos viajar ¡Yo aún ni siquiera me había afeitado!”, recuerda.
Para amenizar las largas jornadas entre partidos, Carlos Santiago Cela alternaba los goles con la guitarra. “Lo pasamos muy bien. Me llevé la guitarra para animar la cosa y acabamos tocando una jota al cónsul español en Bonn. El aragonés Félix Sierra cantaba y yo tocaba”, añade Cela, al que el Mundial le permitió fichar primero por el Espanyol y, posteriormente, por el Real Madrid.
En el camino hacia la final de Colonia España se encontró un durísimo escollo en el seleccionado argentino, que llegó a Alemania 15 días antes para preparar el torneo. Un escueto 1-0 dejó a España en disposición de levantar el título con firmar un empate ante la anfitriona. Cosas del golaveraje.
Lejos del concepto de ‘furia española’, tan manoseado hasta que la prensa se echó en brazos del ‘tiki taka’, los protagonistas aseguran que el grupo era más técnico que fuerte. “Antes se hablaba de la furia, pero nosotros éramos gente técnica. Está instalada la idea de que antes se jugaba más lento, pero creo que es cosa de la tele. Se jugaba rápido, pero ahora son más técnicos”, explica Allende.
La final ante Alemania en el Müngersdorf Stadion fue, sin saberlo ellos, el punto álgido de la carrera deportiva de algunos de esos chavales. “Fue grandioso. Comenzamos perdiendo 2-0 en nada de tiempo porque estábamos mirando, como atontados. Todo el campo estaba lleno de carracas, había mucho ruido”, rememora un Olivella al que esperaban 513 partidos con la camiseta del Barça.
La final ante Alemania en el Müngersdorf Stadion fue, sin saberlo ellos, el punto álgido de la carrera deportiva de algunos de esos chavales
El autor de los dos goles germanos fue el mítico Uwe Seeler, uno de los tres únicos futbolistas que ha marcado en cuatro Mundiales junto a Ronaldo Nazario y su compatriota Miroslav Klose. “Una bala”, como le recuerda Cela.
Con el marcador en contra España se reencontró con las claves de su juego, control y verticalidad. “En la remontada creo que fue clave Antonio Martín (jugador madrileño del Plus Ultra), que tiró del equipo”, recuerda Allende. Primero Cela y después el gallego Carlos Álvarez a los cuatro minutos del segundo tiempo marcaron para igualar un marcador que no volvería a bailar. El grupo de Melcón se había sobrepuesto a todo -incluyendo un intento alemán de cambio de balón con 2 a 0- para ofrecer al fútbol español su primer gran éxito internacional. Ya serían para siempre ‘los 18 de Colonia’.
Franco, Moscardó y 18 adolescentes
Sorprendente por inesperada fue la victoria española; pero mucho más sorprendente aún fue el recibimiento al grupo a su regreso a España. O eso cuentan las crónicas y los propios jugadores.
“No esperábamos nada porque nadie sabía que nos habíamos ido a un Mundial. Al llegar a Irún oímos cohetes y creímos que eran las fiestas. Y no, era por nosotros. Desde Irún a Madrid todo el mundo salió a recibirnos a las estaciones, y ya en Madrid fue el no va más, habría unas 20.000 personas que nos llevaron en hombros al hotel. Una locura”, cuenta Allende.
Para Olivella, capitán con solo 16 años, la acogida en las calles “fue algo maravilloso”, mucho más espontáneo y divertido que el recibimiento del propio Franco. “Nos saludó, pero poco más. No hubo tertulia”, dice el catalán. Cela recuerda que se corrió el rumor de que Franco iba a regalar una Vespa a cada jugador, pero no fue así, “Estábamos locos de ilusión por las motos, pero no. Nos regaló un reloj de oro, que no estaba mal pero no era lo mismo”, comenta.
Esta fama fue efímera en la mayor parte de los casos, ya que fueron pocos los jugadores que hicieron carrera larga en Primera División: Olivella, por supuesto, Luis Muñoz (240 partidos en Primera), Benito Joanet (112) y Juan Maraver (92) en el Sevilla. De esa forma, el grupo se rompió en el césped. “Se habló mucho al llegar. Se hablaba entonces de preparar este equipo para el siguiente Mundial absoluto, pero a los dos o tres meses se olvidó todo. No se nos cuidó demasiado”, lamenta Allende.
Lo que no pudo ser en el verde, si lo ha sido fuera. ‘Los 18 de Colonia’ siguieron manteniendo contacto y viéndose en ocasiones. Incluso 60 años después continúan haciéndolo para recordar aquellas maravillosas semanas en las que la España futbolística, por primera vez, fue protagonista. Apenas existe rastro de ello en el Museo de la Selección de Las Rozas, ni siquiera aparecen sus fotos entre las de aquellos jugadores que un día fueron internacionales, pero nadie les podrá arrebatar nunca la gloria que acariciaron en Colonia. Sin concentraciones en hoteles lujosos, sin primas y sin el señuelo de traspasos fabulosos. Como era el fútbol de antes.
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