@RetoCarlosSoria.- La vida en la montaña es realmente dura. Subir a más de ocho mil metros de altura es una gesta al alcance de pocos. La preparación física y mental es clave para acometer retos de este nivel. Pero esta es la parte más vistosa, la que se transmite y llega hasta el resto del mundo en forma de éxito deportivo.
Lo que no se suele ver es la vida en los campos bases, donde el tiempo pasa muy despacio y hay muchas horas muertas durante la espera de encontrar una ventana de buen tiempo para poder realizar la ascensión a la cumbre de la montaña. Y todo se complica aún más cuando la meteorología no acompaña y se producen fuertes nevadas que sepultan incluso las tiendas en las que duermen, comen o hacen vida los alpinistas de la expedición.
Si el tiempo lo permite, también se suelen organizar meriendas de todas las expediciones que se encuentran en el campo base, en las que todos comparten sus impresiones sobre la montaña e incluso se presentan a los nuevos. Suelen servir también para conocer la estrategia de escalada de los diferentes grupos y, por qué no, establecer acuerdos.
Encontrar formas de entretenimiento se vuelve casi otro reto. A Carlos Soria le gusta leer, sobre todo libros de historia de la montaña, y escuchar su música favorita, como Carmina Burana, María Dolores Pradera o Joan Manuel Serrat. Pero el tiempo es eterno en el campo base y tanto alpinistas como sherpas también suelen encontrar distración en el cine o en juegos de cartas o de habilidad física y mental como la jenga.
Esta cualidad debe ir innata en un alpinista, que además de realizar un enorme esfuerzo físico, debe tener la capacidad de controlar el aspecto mental. Entre el asentamiento, la espera del día perfecto para ir hacia la cumbre y el regreso, los alpinistas pasan alrededor de dos meses en el campo base de una montaña y la forma física disminuye con la altura.
Todo se complica aún más cuanto más alto se encuentra el cuerpo humano. Ahí radica el peligro de la montaña por la disminución de la presión atmosférica, lo que provoca una disminución de la concentración de oxígeno y por tanto la presión arterial de oxígeno va bajando. Sirva como ejemplo que a 5.200m ésta es la mitad de la que hay a nivel del mar y un tercio de la correspondiente a la cima del Everest (8.848m).
El problema es que el cerebro es muy sensible a la falta de oxígeno, hasta el punto de que se podría perder la conciencia si pasamos sólo unos segundos sin oxigenación. De ahí que a medida que se asciende, el alpinista va empeorando la oxigenación de su cerebro, lo que provoca un empeoramiento en la coordinación motora y la capacidad de razonamiento, como aspectos principales y que pueden afectar a la toma de decisiones, que deben ser rápidas en estas situaciones.
Por tanto, el tiempo que pasa un alpinista en los campamentos altos debe ser el menor posible, el necesario para descansar un poco, comer algo para tener energía para el gran esfuerzo y, sobre todo, hidratarse mucho. Carlos Soria insiste siempre en este aspecto, y ya es una anécdota su respuesta a la pregunta ‘¿Qué piensa cuando llega a la cumbre de un ochomil?': “Sólo pienso en bajar”.
Las montañas son muy atractivas, los paisajes que ofrecen espectaculares y la experiencia del cielo nocturno estrellado inolvidable. De hecho uno de los mejores recuerdos que quedan es ver amanecer en el Everest. Pero las montañas entrañan múltiples peligros, que no pueden ser desdeñados por mucha experiencia o buena condición física, pero en muchas ocaciones la fortaleza mental se vuelve clave para tomar una buena decisión a tiempo.
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