DAVID RUIZ.- El club de Srebrenica de la tercera división bosnia ha conseguido dos décadas después de la guerra unir sobre el césped a jugadores de todas las etnias sobre la tierra que vio morir a 8.372 personas en el genocidio de la Guerra de los Balcanes.
Como cualquier entrenador del mundo, Emir Bektic, de apenas 33 años, tiene sus referentes cuando de lo que se trata es de moldear el estilo de su equipo. “Me encanta Simeone. Es muy bueno a nivel táctico y en el manejo de vestuario. Bielsa también me gusta por el estilo de juego que implantó en Chile y con el Athletic de Bilbao“. Habla también con admiración de Klopp y de Mourinho, cuyos partidos analiza y estudia en profundidad. Y todo en el poco tiempo que le deja su trabajo en el ayuntamiento de Srebrenica, donde es el responsable de eventos y actividades deportivas. Porque aunque no vea un solo marko en ese segundo empleo, lo que realmente da sentido a su vida es dirigir al primer equipo del FK Guber, la humilde escuadra que lleva una década tratando de darle una vuelta de tuerca a las complicadas relaciones étnicas que aún hoy determinan la existencia de Bosnia, el único país debutante en la próxima Copa del Mundo.
Bektic es el último teorizador de una idea grabada a sangre y fuego en los estamentos sobre los que se refundó en 2004 el club de Srebrenica, la de conseguir que todos los bosnios, ya sean serbios, bosniacos, croatas o gitanos, vayan cogidos de la mano como si se tratara de una misma persona con el fin de cerrar una herida de la que siguen supurando imágenes de dolor y cuentas pendientes por cobrar. No deja de resultar irónico que el fútbol se haya convertido en el más eficiente vehículo para transmitir un mensaje de tolerancia y respeto al resto de esta nación de nuevo cuño precisamente en la ciudad que fuera testigo del mayor genocidio (8.372 bosnios musulmanes, en su mayoría mujeres y niños, fueron asesinados por las fuerzas serbo-bosnias del general Mladic) registrado durante el conflicto armado en la extinta Yugoslavia (1992-95).
A Emir la guerra le obligó a huir de Srebrenica siendo un niño, de ahí que se librara por poco de la matanza indiscriminada que tuvo lugar en ese mismo lugar donde hoy imparte lecciones de fútbol y vida a sus atentos discípulos. Tras 10 largos años viviendo en Alemania como refugiado, sus padres decidieron retornar en 2002 al lugar de sus ancestros. En el camino quedaron un ramillete de familiares, todos los que no tuvieron la fortuna de eludir el cerco de las tropas de Ratko Mladic y los Tigres de Arkan, y optaron por guarecerse en una de las ‘zonas seguras’ establecidas por Naciones Unidas, bajo el control de los soldados holandeses de la UNPROFOR.
“Para mí, todos son iguales. Jugamos al fútbol, tratamos de ganar al rival y trabajamos mucho cada semana para lograrlo”
Le incomoda hablar sobre lo que pasó aquí hace un par de décadas. Prefiere mirar hacia el horizonte y pensar en el siguiente partido del Guber, rodeado de su guardia pretoriana, en la que etnia y religión no tienen relevancia alguna. “Este equipo está compuesto por 25 futbolistas bosnios. Nada más. Si quiere saber de qué etnia es cada uno, puede preguntárselo a ellos (50% bosniacos y 50% serbios, a veces algún croata). Para mí, todos son iguales. Jugamos al fútbol, tratamos de ganar al rival y trabajamos mucho cada semana para lograrlo. El estilo no es lo importante, es la actitud, la solidaridad de cada jugador hacia el grupo. Eso es algo que todos tienen claro y de lo que nos sentimos orgullosos”.
Musulmán practicante, Bektic es el primero a la hora de predicar con el ejemplo. Su mano derecha, Aleksandr Jovanovic, es ortodoxo. Lo mismo sucede en los dos equipos que integran la academia del Guber. Namik Mustafic (bosniaco) y Drago Milinkovic (serbio), tanto monta, son los máximos responsables de guiar los pasos de la joya de la corona de este serio aspirante al premio Nobel de la paz.
Un total de 48 niños, de entre 7 y 17 años, integran la primera escuela de fútbol multiétnica creada en Bosnia tras el conflicto balcánico con la ayuda de dos federaciones extranjeras, la danesa y la noruega, y de un club holandés, el ADO Den Haag. La primera lección, la más importante y fundamental, es que todos son iguales sobre un terreno de juego. Palabras como compañerismo, solidaridad, lealtad o camaradería llenan sus oídos desde el instante en que atraviesan cada tarde el umbral del viejo estadio del Guber para preparar el siguiente partido con sus hermanos de equipo. A nadie le importa en este perdido paraje de los Alpes Dináricos si 23 de esos chavales son de origen serbio, 22 bosnios musulmanes o tres pertenecen a la etnia gitana. La ley del balón ha dibujado en este complicado entorno un nuevo y esperanzador horizonte, gobernado por el célebre “igualdad, libertad, fraternidad” de la Revolución Francesa.
“Los niños se llevan de maravilla. Estamos recogiendo el fruto de años de duro trabajo, sobre todo con los padres. Con ellos hubo que hacer una labor de concienciación muy importante para que permitieran a sus hijos relacionarse con los de las otras etnias. El deporte ayuda como ninguna otra actividad a que los chicos se conozcan mejor y crezcan juntos en una atmósfera sana, en la que no hay lugar para el odio y las rencillas del pasado entre sus familiares”, apunta Namik Mustafic, el miembro más veterano del cuerpo técnico del FKG y alma máter, junto a su gran amigo Jusuf Malagic y la ONG danesa Proyecto de Asociación de Cruce de Culturas (CCPA), de la resurrección de una escuadra que se sumergió en las tinieblas durante doce años (1992-2004) a causa del sangriento ajuste de cuentas en Los Balcanes.
Pese a que Srebrenica depende ahora de la República Srpska (serbia), el Guber trata de fomentar entre los chavales las señas de identidad de Bosnia-Herzegovina como una sola nación, sin divisiones políticas ni religiosas. “Ellos se están dando cuenta de que respetando a los demás y sus diferencias se puede convivir perfectamente”.
“Xavi Hernández es una especie de icono para nuestra escuela, el espejo en el que se miran los chavales”
Lo más llamativo de este proyecto humanitario vestido de corto es el personaje que eligieron sus mentores para cultivar el respeto y la tolerancia dentro del vestuario. “Xavi Hernández es una especie de icono para nuestra escuela, el espejo en el que se miran los chavales. No sólo por tratarse de un futbolista excepcional cuya principal virtud es hacer jugar a los demás, sino sobre todo por su bagaje humano. Nos encanta el mensaje de amistad y de ‘fair play’ que transmite, con independencia de rivalidades mal entendidas y otras cosas que puedan enturbiar la disputa leal entre dos equipos. Por todo eso, decidimos que fuera nuestro modelo a seguir para fomentar la amistad y la cordialidad entre los niños”, asevera Mustafic.
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