Un futbolista tan especial como el capitán del Rayo solo podía asentarse en Vallecas, con la fe cerrada de su entrenador en el juego ofensivo, que considera que al fútbol se juega con la pelota en los pies. A Trashorras le sobra pie, pero admite que no es un atleta. Debilidades ya pulidas que le impidieron en su juventud asentarse en las primeras plantillas del FC Barcelona o el Real Madrid.
ANTONIO MOSCHELLA.- Es un miércoles ventoso de febrero en la Ciudad Deportiva del Rayo Vallecano y el plantel entrenado por Paco Jémez se dispone en la frontal para disparar a portería. Escorado y lejos del grupo, Roberto Trashorras (Rábade, Lugo 1981) se mueve hacia los vestuarios antes de la entrevista, que tendrá como escenario un bar en el mismo corazón del estadio de Vallecas. Mientras conduce su coche hacia el césped donde cada dos semanas reparte juego, fantasía y magia, el centrocampista empieza a repasar su carrera desde los inicios, respondiendo a las preguntas a través del retrovisor. Se nota que es una persona sencilla, que presta atención a la conversación, consciente en todo momento del mundo que le rodea.
En el recorrido a la calle del Payaso Fofó, la primera pregunta al máximo pasador de la temporada pasada, es cotidiana. ¿Te suelen parar a menudo mientras conduces por Vallecas?
ROBERTO TRASHORRAS.- “Sí, sobre todo por el barrio, de camino a casa. Pero lo peor es
cuando voy a buscar a las niñas al colegio… En estos casos sí que pierdo un montón de tiempo en firmar autógrafos y en saludar a los que me reconocen, pero es lo que hay y no me
molesta en absoluto”.
A.M. ¿Hay algún compañero de tu hija mayor que se hizo del Rayo por ella?
R.T “Sí que hay. Algunos incluso me piden que les de unas invitaciones para algún partido y me hace ilusión conseguirlas. Es algo muy bonito que demuestra que aquí en Madrid incluso
los niños se hacen del Rayo”
A.M. Después de pocos minutos, Trashorras aparca su Mercedes en los aledaños del estadio, donde posará para las fotos. Encontrar un sitio es complicado, puesto que no existen lugares reservados para los futbolistas, menos en los días de partido. Es la esencia del fútbol de barrio, un lugar en el que nadie te regala nada y tienes que ganarte el amor de la gente a través de sudor y dedicación, como hizo el actual capitán del Rayo. Una vez sentados en el bar, pide un café con leche, antes de
zambullirse en una conversación intensa. Ahora eres líder del Rayo, un equipo de barrio, pero tu carrera empezó en otro universo, ya que llegaste a la Masía del Barça en el 1995 con 14 años. ¿Cómo fue eso de pasar de un pueblo de Galicia a vivir cerca del Camp Nou?
R.T. “Al principio fue complicado. Recuerdo que en la habitación éramos ocho y la compartía con gente como Puyol o Iniesta, que lo pasó muy mal al principio. Y un poco le entendía: tenía
11 años y para mí, que tenía 14, también era impactante, porque la antigua Masía estaba en plena Barcelona, y solo en el barrio había más habitantes que en todo mi pueblo. Además en aquella época no existían los móviles, solo había un teléfono, entonces ya te puedes imaginar la de colas que había para llamar a casa”.
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FOTOGRAFÍAS DE LINO ESCURIS
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