Albert y dos amigos decidieron conocer mundo. Tomaron una excedencia en sus trabajos con la intención de conocer Asia y Oceanía. Una viaje de veinteañeros que a Albert, jugador del desaparecido Benavent en Tercera División, le cambió la vida. Con las penurias del mochilero se topó con una oferta del Auckland City, campeón de la Champions de Oceanía. Dos años después se convirtió en futbolista profesional en la A-League de Australia a los 29 años. Miguel Corona, un recién llegado a las antípodas después de una vida dedicada al fútbol profesional en España, charla con Albert Riera Vidal. Son dos estrellas del fútbol australiano, de la misma generación y unidos por el fútbol. Un mochilero convertido a futbolista profesional y un futbolista convertido en viajero ocasional.
Miguel Corona.- Cuéntame Albert, soy todo oídos.
Albert Riera.- Todo surgió en un viaje que hice con dos amigos a Vietnam. Allí, conocimos a unos argentinos que nos hablaron entusiasmados de Nueva Zelanda. A finales del año 2010 nos sentamos los tres y decidimos pedirnos unas excedencias de un año y marcharnos por un tiempo a conocer aquél paraíso de la otra parte del mundo. Acababan de abrir el plazo para solicitar el visado Work & Holiday.
Yo estaba muy feliz en Lleida, no te creas. Pero nos apetecía ese break. Trabajaba en emergencias médicas, en un hospital, siempre en la ambulancia. Muy contento, de verdad. Llevaba ya cinco años, muy estable todo. Había jugado la última temporada en Tercera División, con el Benavent, pero el club había desaparecido y lo había dejado. Me suponía mucho esfuerzo compaginarlo con el trabajo. Y bueno, de alguna manera, nos apetecía descubrir mundo. Creíamos que era un buen momento de nuestras vidas para tomarnos un año de enriquecimiento personal. Lo coordinamos todo e hicimos una previsión de cuánto tiempo podríamos estar sin trabajar. Planeamos posibles viajes que pudiéramos hacer desde allí durante ese año. Teníamos mucha ilusión.
M.C. ¿Y vuestras familias?
A.R. ¡Imagínate! Mi padre clamaba: “¿A Nueva Zelanda? ¿A qué? ¿Ahora? Bueno, ya que vas, a lo mejor allí podrás jugar al fútbol, ¿no?”. Y te aseguro que lo último que entraba en mis planes era jugar al fútbol.
M.C. ¡Menos mal!
A.R. No, en serio. Había terminado muy cansado después de la temporada en Tercera con el Benavent. Y no tenía ninguna intención de jugar. Menos aún en Nueva Zelanda. Además, ¿dónde iba a jugar? Lo único que yo quería era viajar y conocer el país. Pero mi padre, cabezón como todos, no sé cómo, se enteró de que en Auckland había un técnico catalán, Ramón Tribulietx, y le escribió preguntando si hacían pruebas. Me lo contó y me sugirió que acudiera. Sin saber muy bien ni cómo ni por qué, de repente, me encontré yendo a entrenar una tarde con el Auckland City. A todo esto, mis amigos esperándome en el campo: “¿Veníamos de viaje experimental o a jugar al fútbol?”
M.C. ¿Podría ser compatible?
A.R. Sí, según como lo afrontes.
M.C. ¿Tú cómo lo hiciste?
A.R. Bueno, el técnico del Auckland City me dijo que contaba conmigo, que tenía sitio. Estaban inmersos en la Champions de Oceanía y que podíamos ganar la liga, que acababa en abril. Obviamente acepté, pero tenía claro que, tras esos tres meses de competición que les quedaban, seguiría con mi viaje. Y así fue, ganamos la Liga Regular y la Champions de Oceanía. Cogimos una furgoneta y nos fuimos a recorrer Nueva Zelanda. Llegó un momento en el que se nos acabó el dinero y tuvimos que buscar trabajo. Pasamos por una empresa de empaquetado de kiwis, por la hostelería y vivimos en una comunidad hippie donde colaboramos en la construcción y en las tareas de limpieza y jardinería. Con el dinero que habíamos ganado empezamos a organizar la vuelta a España pasando por Asia.
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